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Rio de Janeiro – Contrastes

  • Foto del escritor: Angela Domenech
    Angela Domenech
  • 27 abr 2025
  • 5 Min. de lectura


Escalera de Selarón
Escalera de Selarón

No se me quitaba de la cabeza.


El número desorbitado se repetía en bucle, más de 70.000 personas, tan solo en una de las laderas, más de la mitad de mi ciudad.


16,9 millones en total, más que en toda Suiza, más que mi capacidad de imaginar.


¿Cómo es posible?


Todas esas casas, apiladas en la colina, como si hubieran crecido unas encima de otras. Cajas de colores entrelazadas por un laberinto de cables.


Dudaba si tocar este tema, pero la verdad, sí, hablar de Río provoca sin duda hablar de las favelas. Y es que esta es una parte TAN importante de la ciudad que marca un eje en toda su cultura. El corazón y las cicatrices a un mismo tiempo.


Por si dudas, no hice un tour de favelas y no es de lo que os voy a hablar.


Personalmente me he informado y parece que estas organizaciones no aportan económicamente a estas comunidades. De alguna forma parece más un show de la pobreza, por eso, elegí no hacerlo y lo más cerca que he estado ha sido acercándome al comienzo de una de ellas para ver arte callejero.


Por si dudabas de nuevo, nadie te apunta con una pistola según te asomas.


Pronto descubres que la historia que nos han contado, poco tiene que ver con la realidad.


Río me recordó un poco al covid, cuando nos tenían en casa y parecía que si salías a la calle te autodestruirías automáticamente. Y a ver, tampoco era eso. Sí, estaba ahí, había que tener cuidado y sentido común pero no era tan así.


Pues un poco parecida es la fama de Río.


Llegas y te roban. Entras en una favela y mueres.

Pues resulta que no.

¿Esto no puede pasar?

Sí puede.

¿Te pueden robar en Europa?

Me ha pasado mucho.

¿Estamos aquí alentando a ir tranquilamente por Río con un Rolex a los cuatro vientos?

¿Qué dijimos sobre el sentido común...?

¿Puedo irme a dar una vuelta por las favelas a ver qué se cuece?

No te lo aconsejo.


Las comunidades tienen sus normas, y hay que respetarlas. Y igual que no quieres que la gente se meta a husmear a tu casa a ver qué haces, ellos tampoco. Esas calles estrechas y empinadas, son su casa. Cada curva es un patio, un salón, una vida.


Y entonces, ¿qué pasa? ¿Hay tanta criminalidad como dicen o no?


Pues yo tengo poca idea la verdad, pero sé que entre sus habitantes conviven varias versiones. Como siempre.


Versión 1: La policía, valiente, aguarda en cada plaza, en cada favela, en cada playa, asegurando la integridad de los ciudadanos y los turistas. Ellos se preocupan de calmar las aguas cuando se ponen revueltas que nacen del narcotráfico principalmente.

Versión 2: La policía, también, entra de vez en cuando pegando tiros en las favelas, se montan tiroteos, disparan incluso desde helicópteros, suelen matar a dos o tres chavales, y así crean el miedo dentro, y proyectan control afuera, mientras en la realidad de las favelas reina el respeto, la gente se conoce y no hay revueltas.


¿Cuál es verdad? Bueno, la única verdad es que Brasil tiene un sistema corrupto que oprime a todo un país que bien podría ser potencia mundial dados sus recursos, pero al que le han atado los pies.


Bajo mi experiencia, siempre hay algo de verdad en cada versión.


¿Lo que yo he visto?


He visto grandes currantes, trabajadores de sol a sol limpiando las calles, vendiendo agua fresca, cocinando en carritos humeantes, haciendo arte. Arte que respira en las paredes, en las manos de los chavales que bailan como si fueran de otro mundo. Los habitantes de las comunidades llenan la ciudad de música y de alegría.


Y también vi la falta de educación, de salud, de futuro. Vi cómo se aprende que vender droga puede ser un atajo cuando la vida te ha cerrado otras puertas.

Cuando la madre muere joven por falta de comida.

Cuando el hermano se queda en el suelo a los ocho años en medio de un tiroteo.

Cuando el padre se va una mañana a recoger latas y no vuelve.


Entonces, una pulsera, un móvil, puede ser la cena de varias semanas.El miedo a morir desaparece y el valor de la vida no se mide igual.


¿Y por qué han acabado ahí? ¿Cómo empezó todo esto?


A ver cómo te lo cuento sin dar una chapa de historia…

Esto no empezó de la nada.


Las primeras favelas nacieron en 1897, cuando unos soldados volvieron de la guerra y, como nadie les dio un sitio donde vivir, levantaron sus casas en las colinas.


Después llegaron los afrobrasileños, que después de la esclavitud se encontraron libres, pero sin tierras ni oportunidades.


A medida que Río crecía y el turismo explotaba, las familias con menos recursos acabaron empujadas a los márgenes, construyendo sus hogares donde la ciudad ya no quería mirar.

Y así, poco a poco, las favelas fueron llenando las laderas.


E voilá: cuando empujas a alguien fuera del sistema, no desaparece. Crece la desigualdad, crecen las grietas. Esas grietas a veces se llenan de arte, de baile, de lucha. Pero cuando todas las puertas se cierran, el único camino que queda puede no ser el que elegiste.


Y ahí está João, por ejemplo, con nueve años y una sonrisa que desarma. Persiguiendo un balón desinflado, bajando las curvas empinadas de su barrio, yendo como cada día a recorrerse las playas vendiendo maíz, sin saber que si un día el hambre pesa más que los sueños, alguien le ofrecerá vender algo más que dulces.


Y aun con esta realidad presente, digo bien alto que Río es mucho más.


En esta ciudad de luces y sombras, pedaleé de extremo a extremo. Saludé a sus capibaras y a sus monos. Caminé por las selvas rodeadas de mar, ensimismada al pensar que seguía formando parte de la ciudad.


Saludé al Cristo Redentor y a todos los recuerdos que me trajo. De alguna forma, a través de canciones, películas de Marisol, fútbol, etc., siempre he tenido alguna conexión con esta ciudad y su icono. A veces envuelto por la niebla, otras achicharrado por el sol, escondido entre lluvias torrenciales, y siempre ahí, impasible, reinando esta ciudad de contrastes.


Bailé samba, comí carne hasta no poder más, me dejé llevar por conciertos, caipiriñas en la playa, amigos reencontrados, atardeceres que parecían inventados, falé portuñol...


Y en todo momento, en mi cabeza, reinaban las miradas desde las colinas.


Esas lucecitas te enseñan un pintoresco Río por la noche, que te encoge un poco el alma al pensar en las miles y miles de historias tan diferentes que esas luces acogen en ese mismo momento.


Y luego piensas que mientras tú bailas, ríes y sueñas, allí hacen lo mismo. Como en cualquier parte.


Río pone el mundo frente a ti. No te deja mirar a otro lado. Convives con esas realidades.


Mientras nosotros brindamos con amigos un viernes, allí la vida sigue, en esas laderas.

Mientras tú vas el domingo a gritar al fútbol, un niño pega patadas día y noche a un balón soñando con que sea su vía para salir de allí.

Mientras vamos a una tienda a mirar vestidos para la boda de Jacinta, una madre se rompe el cuerpo para que sus hijos puedan comer.


Y aunque Río te lo muestre de cerca, ese contraste reina en todo el mundo, ese desplazamiento de algunas sociedades olvidadas, existe en todas partes.


Y al final, quizá la única diferencia entre unos y otros esté en el miedo.


Allí en las colinas, el miedo a morir pesa menos, porque la vida ya ha pedido demasiado.

Mientras debajo, nos paraliza, nos hace levantar muros.Y por ese miedo, trazamos líneas, señalamos a “los malos”.


Pero tal vez… solo sea más fácil creernos los buenos.


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