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Itacaré: Pensamientos al ritmo del mar

  • Foto del escritor: Angela Domenech
    Angela Domenech
  • 30 may 2025
  • 4 Min. de lectura


Itacaré, Bahía
Itacaré, Bahía

El olor a sándalo me tenía como ensimismada. Eran solo las 9.30 de la mañana, pero podría haberme quedado allí tumbada eternamente. 


Sin moverme, con los ojos entreabiertos, me encontré con la lámpara que colgaba del techo. 


Había visto decoraciones así en varios lugares ya. Debía ser de fibras trenzadas de buriti- un arte bahiano que parece haber sido tejido al ritmo del mar- 


Ya está la listilla…

Cosas que una aprende por el camino…


El suelo fresco. El cuerpo aún en savasana, la mente volviendo. El silencio atravesado solo por el canto de los pájaros y alguna moto lejana.


Y yo allí, medio dormida, me sorprendí con un pensamiento simplón: lo limpio que estaba todo. 


Me acordé de cómo, apenas una hora antes, camino a la shala, había visto a hombres y mujeres barriendo con escobas de ramas secas frente a sus puestos, sus casas, sus cafés.


Y pensé: “Así es como este país se mantiene asombrosamente limpio en casi cada esquina”. 


Desde que he llegado noto que aquí parecen regirse por una sola norma que funciona para todo: respeto. 


Y en ese flujo incesante de pensamientos que siempre pululan por nuestra cabeza, apareció un recuerdo de la noche anterior. 


Mientras el cielo pasaba de azul a amarillo, naranja, rojo y violeta frente al mar, un chico tocaba la guitarra sentado sobre un tronco pulido. 


Una chica, aún con el pelo mojado, contaba que venía de otro país. Había sido gimnasta en circos pero ahora, con una niña de dos años, había aprendido a preparar dulces de tapioca que vendía por la playa porque ganaba más. 


Mi cabeza escuchaba sus historias mientras mi nariz se torcía siguiendo el delicioso olor a queijo coalho grelado que inunda las playas al atardecer.


Otra mujer se unió a la conversación. Vendía inciensos por el mundo. 


Ahora me quedo acá unos meses. Está bueno el ritmo, la amabilidad, la comida…quería ir a España, pero allí la policía te saca si tratas de mostrar tu arte en la calle.” (cierto) 


¡Cuántas personas han elegido formas de vida diferentes que aquí se ven de lo mas normal!.


Sin embargo, en casa ya estaríamos preguntando: 

Ya, ¿y luego cual es tu trabajo de verdad? 


Por no irnos ya al: 

  • ¿Y tienes licencia para vender?

  • ¿Y el certificado de sanidad? 

  • ¿Y por qué tengo que barrer yo ahora? te toca a tí. 


Y yo después de ver lo bien que se arreglan en todos los países que visito sin tanto cuestionamiento, trabajos tan serios ni tanta norma, creo que nuestra forma de vida más europea nos pone en evidencia: Nos falta respeto y nos sobra miedo. 


Eh, que te oigo, no se cuchichea, que luego qué va a pensar la sociedad de ti


Lo admito. Eso es siempre lo más duro de volver. El primer golpe. 

Las normas. 


El choque de frente con tantas reglas sin las que he sobrevivido perfectamente durante meses y que de pronto carecen de sentido. 


Ciertamente, a veces creo que en Europa no hemos entendido nada…


Gracias al órden aquí tenemos una seguridad social “estupenda”. 


Brasil también (¡sorpresa!) 


Agradezco mientras me dejo llevar por ese recuerdo, que mi naturaleza siempre me haya sacado un poco de la norma, o al menos me haya hecho cuestionármela. 


Y gracias a eso, hoy puedo estar aquí, bajo una lámpara tejida por un marinero bahiano, pensando que si algún día hace falta, tal vez, podría vivir vendiendo gazpacho en una playa de Brasil y no sería tan descabellado. 


Y así, vivir con un poco menos de miedo y más respeto a otras formas de existir en este mundo de locos. 


Empezamos a movernos. Los deditos de las manos, de los pies y nos vamos incorporando…


Salí de la clase de yoga y me dirigí a la playa sorteando los pequeños adoquines y esquivando los charcos que quedaban de la tormenta de anoche.


Iba sola, el cuerpo liviano, la mente en movimiento.


Y entonces, un recuerdo más. Otro sobre la noche anterior. Un debate insólito. 

Como está la mente hoy… (si oye, lleva dispersa un par de semanas) 


Volviendo al debate,


Venga, voy a abrir melón a ver tú qué opinas: 


—¿Cuántos continentes existen en el mundo?


Cinco, dirás tú. Seis, si cuentas la Antártida.


Pues permíteme que te lo discuta porque…otra cosa he aprendido: 


Siete, dirá un anglosajón o un chino. Dividiendo a América en Norte y Sur. 

Cinco, dirá un Ruso para quien Europa y Asia son Eurasia. 


Y todos son aceptados y correctos. Yo igual soy muy ignorante, pero no tenía ni idea. 


Para mí, un claro ejemplo que me confirma que las “verdades universales” dependen del contexto y también que, tras una discusión encendida y en bucle a la luz de la luna: 


  1. Así empiezan las guerras.

  2. Las fronteras que nos hemos inventado y sacado de la manga no significan nada. 

  3. Y así es como las normas asumidas, de pronto para otro, no tienen ningún sentido.


¿Y quién tiene razón cuando todos quieren tenerla y no hay una verdad universal o norma válida que lo defina? 


Bueno, tal vez no hace falta que todo tenga una norma. 


Solo hace falta que sigamos barriendo sin que nadie lo pida para mantener el lugar agradable. Que vendamos dulces sin pensar en licencias sabiendo que buscarse la vida ya es un acto valiente. Que los territorios y continentes sean lo que son: líneas imaginarias.  


Y que la razón la tenga siempre el respeto. Que al igual que el yoga, no necesita tantos certificados (por muy guapos que queden en la pared). 


Se vive. Se elige. Se practica.




 
 
 

1 comentario

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Invitado
10 jun 2025

Que bonito lo que escribes Angy. Y que necesario sería para todos salirse del sistema, de las normas y preguntarse ¿ de qué forma quiero vivir yo esta vida?

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